viernes, 12 de febrero de 2010

DE LOS ÁMBITOS DEL SENTIDO

(un aporte solipsista)

La investigación asumida parte de la relación comprensión e interpretación, que se dirige a la concepción individual del mundo, pero a su vez a la intersubjetividad que desarrolla una acción compartida donde se activan las razones del conocimiento nuclear que se establece desde la particularidad y pretende conformar un consenso.

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Hermenéutica viene del griego hermenuo, hermeneia, que significa: expresar ideas con palabras. Se relaciona ampliamente con el dios Hermes, quien nos dio el lenguaje, el ladrón de ladrones, el manifestante de las artes, el gurdador de los caminos.

El volátil y ambiguo dios Hermes es el que nos otorga la palabra, el que nos establece en el habla, de su mano los hombres sacuden su voz literal e infinita. Como a la deriva pero al mismo tiempo en la concreción definida del sentido, del significado. Por lo tanto, Hermes nos da el peligro y la sanación, la intriga y la conquista, la razón y el enigma.

La hermenéutica se dirige en sus principios a la búsqueda de la claridad en conflictos de interpretación en los textos sagrados, en la filología: vocabulario y gramática, y en la jurisprudencia como rectora de los sentidos de las leyes.

La hermenéutica nos obliga a establecer conexiones con el mundo de la realidad, y nos permite el acceso a lo real mismo que está situado en el hombre. Su acción interpretativa nos sugiere cambios, presencias, rupturas, que cerca o lejos nos posibilitarán entrar en lo mágico del mundo. Esto mágico en íntima relación con el carácter simbólico que se circunscribe en el terreno de lo vivible, en la dinámica existenciaria.

Además la hermenéutica abre sus direcciones hacia el hombre, hacia la praxis prosaica que desvela una estética de lo cotidiano, de las acciones humanas en su singularidad y con respecto a la globalidad que las permite.

Pero no sólo a la prosaica o retórica de lo que se funda en el camino de lo humano, sino también a la poética que nos ayuda a defender lo fundado en la palabra, que es la cima del lenguaje.

Es un hombre libre el que se debería privilegiar, un hombre encarnado en la acción dialógica y en el orden sensible para activar acciones que busquen soluciones sobre los lugares que el conocimiento en el orden social recupera. Y ese hombre libre es el que establece una consecuencia entre el discurso y las acciones que su devenir conjuga. Ese hombre libre debe abarcar su mundo y por lo tanto el lenguaje que lo hace partícipe de la realidad que se establece en la no intencionalidad de lo que se ofrece.

Cuando decimos que la naturaleza habla, decimos que la realidad del mundo nos dicta su fundamento; pero la realidad no dice nada, lo que dice es el sentido que se busca y se otorga desde la capacidad humana.

Esto hay que tenerlo en cuenta cuando lo que se quiere es establecer un diálogo con el mundo, pues, el mundo es lo que interpretamos de ese mundo, es lo que contemplamos y comprendemos, es aquello a lo que le damos sentido por el valor que se manifiesta en nuestra propia identidad.

El diálogo con el mundo debe rehacerse después de que lo interpretamos, y así obligarnos a repensar y de alguna manera sobreinterpretar lo que éste permite en su orden, que muchas veces se desarrolla en la entropía, en el acto azaroso que determina el mundo desde sus variables y las representaciones del discurso de la espiritualidad de lo humano; es decir, en la visión de un acto trascendente.

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La hermenéutica y su sentido investigativo están entrañablemente ligados al lenguaje, la hermenéutica es su filosofía. Por lo tanto, sentido, hermenéutica, investigación, lenguaje, interpretación, son conceptos que se relacionan y con los cuales se ahonda en la condición del espíritu humano.

El proceso investigativo que supone la hermenéutica es activo y establece una dirección abierta desde el punto de vista de la subjetividad, que no plantea intervenciones definitivas, sino la consideración de una vía múltiple que se desarrolla, desde el sujeto, hacia el mundo de la interacción humana.

La investigación, en relación con la hermenéutica, profundiza en los momentos de la necesaria intervención del hombre con el mundo. Esto para decir que la humanidad que corresponde a cada individuo, se plantea desde un movimiento que está adentro y al mismo tiempo fluye hacia el exterior.

La orientación que de la investigación se tiene, va acompañada de la praxis humana, de las relaciones del hombre con la Naturaleza y en vías del entendimiento; es decir, de la relación sujeto-objeto en la cual los tipos de conocimiento como el vivencial y el almacenado desarrollan una cercanía al mundo de la realidad que permite dimensionar los ámbitos de sentido que allí se establecen.

Para dimensionar las perspectivas que estudian el mundo, se presentan varias fuentes de trabajo que establecen parámetros de acción e intervención en el individuo, que se registra como fundante de una sociedad.

Todo dentro del marco de una interdisciplinariedad que constituya una actividad pedagógica con la maduración de una alternativa epistemológica y profesional, que se revierta en un proyecto humanista de construcción ética y de acción social.

La convivencia, la solidaridad, la justicia social que se ajustan a un movimiento específico que se articula a unas dinámicas de investigación, que pretenden autonomía y que podrían generar una autogestión en el campo educativo de carácter científico y cultural en todas sus dimensiones, determinan las acciones del hombre que se multiplica desde la confianza hacia sí mismo y la intersubjetividad que nos proporciona la laberíntica manifestación de lo existente.

Para esto las instituciones académicas se sirven de categorías y líneas de investigación que están, al menos en el caso que presento, enmarcadas en el orden del hecho interpretativo, en la acción hermenéutica que está coordinada desde las ciencias sociales y humanas.

Esto con la idea concreta de una subjetividad interpretativa que no atiende a significados determinantes que se centran en esta época abierta a la complejidad, además de los entretejidos de sentido que se acercan a la percepción y a la experiencia donde se moldean los imaginarios.

Con la conciencia de los ritos de fundación que se establecen en los órdenes de la cultura y de la dimensión simbólica del hombre, se desprende que es imposible hacer propuestas universales de desarrollo ni establecer órdenes cerrados a la significación sustantiva de los conceptos o acciones, que se enmarcan en la cotidianidad.

Ahora bien, la relación hermenéutica está planteada desde su método filosófico, es decir especulativo; y desde el simbólico que retorna a las edades primeras del lenguaje y a la plural significación que permite la capacidad humana.


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Primero tendríamos que desplazar el sentido hasta el objetivo, en otras palabras, darle una actividad abierta a las manifestaciones y por tanto a la sensación de aquel que se acerca. Lo primero entonces es dejarse llevar, no interrogar, no juzgar, simplemente arrojarse y dejar que el objeto “hable”; es la fase de la contemplación.

Luego, vendría, y por el hilo conductor de la intuición, el abarcar aquello que nos ha sido dado. Esta fase entonces sería la comprensión. Y después, en la medida del encuentro, activar los puntos específicos, las acciones que nos interesan y con el hilo conductor de la reflexión, entrar a la fase de la interpretación.

En la contemplación y su paso desinteresado por lo que acontece, el hombre incrementa una manera más neutral y la consonancia con lo vivo, con el material que conforma el mundo. En la comprensión vigoriza su conocimiento, en la interpretación lo restaura, lo potencializa, le da un giro que lo lleva al símbolo y a la metáfora.

La metáfora del mundo es amplia y plural, en ella se anuncian las múltiples metáforas que detrás y en su horizonte descubren el sentido de lo sagrado. El símbolo del mundo es polivalente, su acción abigarrada nos lleva a desentrañar sin matar, a explorar sin petrificar lo mágico de lo sucesivo.

Lo otro es que esta manera de investigar permite la relectura, pues desde allí, se subrayan aquellos objetos de estudio que determinan un acercamiento individual, que en la acción compartida con los demás, arrojaría una fundamentación de lo que en la investigación se pretende.

La otra cuestión que se debe tener en cuenta, es la manera como interviene el conocimiento en la acción investigativa: una madeja conceptual en muchos casos frena la acción de búsqueda y desafía el mundo de la realidad. Ahora bien, ¿cuál realidad? ¿El orden de lo objetivo? ¿El mundo que nos ofrece el afuera? ¿Acaso nuestra propia realidad, tamizada, atomizada en las variables de lo que se expresa? Está en nuestras manos el desvelar la realidad, establecer nexos e hilos conductores, agrupar percepciones, dinamitar lo absoluto.

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La investigación permite ir al lugar primero, al que evidencia la permanencia del hombre sobre la Tierra. La investigación es un proceso de observación y encuentro, no sólo de búsqueda; es un proceso de desentrañamiento. La investigación debe partir de una puntualización, de un objetivo claro y dinámicamente particular. Es decir, en vías de la acción precisa, en relación con el deseo y fundamentada en la relación del conocimiento y el lenguaje que a dicho conocimiento da vida.

Las acciones que se desprenden de la investigación, acusan a revelar un estado del mundo, una fuente de conocimiento que nos relaciona con los días que comparten los demás hombres. La investigación hermenéutica practica la visión personal, y al mismo tiempo desentraña las razones íntimas de lo que el mundo permite en su humanidad.

La investigación hermenéutica interroga por el hombre, por su acción primera y por las sucesivas que se establecen en la vida cotidiana, en la transformación. Pero igual, aterriza a esclarecer la esclerótica mirada, la reptante y no dinamizada manera de acercarse a las cosas. En otras palabras: la hermenéutica habita la habitación estacionaria del hombre, la permanente, la inclemente y la arbitraria; la hermenéutica entra a conjugar los tiempos y los espacios que el hombre prefiere quietos y enmarcados en una acostumbrada manera de arrojarse sin sentido a la existencia.

Por tanto, la hermenéutica y su sentido puntual, mas diverso, acrecienta la interacción sujeto-objeto en la cual se activa el conocimiento. Con la sabiduría que integraba las antiguas civilizaciones como cuerpo y alma del movimiento del hombre en su entorno, y como el arte que abrió la eficaz cultura de la sensibilidad, la ciencia ha participado del conocimiento en nuestros tiempos con una realización que se potencializa en la duda, metódica o no, de los fenómenos de los que el mundo como inteligencia cósmica y nosotros como espíritu abierto y determinado formulamos.

Aquí habría que aclarar que el mundo en su dinámica no establece una voluntad o una intencionalidad que manifieste una inteligencia que nos piense y nos formule, de alguna manera, para hacernos el juego. La intencionalidad es espiritual y es el hombre el que sujeta y decanta su trayecto. El espíritu se expresa en la medida de su manifestación consciente. Y la conciencia del mundo es una conciencia que parte de la conciencia del espíritu humano, de su naturaleza.

Pero bien, veníamos hablando del conocimiento que se instaura en los hombres, que desde los hombres se potencializa y se disgrega por el mundo nombrándolo en su lenguaje abierto y expansivo. El conocimiento que permite la duda y la establece como una parte fundamental para determinar el crecimiento del conocimiento mismo.

Esta duda debe enmarcar la praxis humana en el desarrollo de su evolución, mas no determinarla absolutamente hasta restringirle las certezas, o las creencias, que ponen al sujeto en manos de un camino o dirección que deba seguirse para acontecer en lo humano, para fortificar el espíritu.

Para esto, se presenta la hermenéutica como doctrina, no como dogma, no como cadáver del dios ni como virgen podrida que sujeta y estabiliza hasta el punto de petrificar el camino. La hermenéutica se establece en una experiencia de vida, en una acción vivencial, no sólo en el hecho teorético. La fórmula interpretativa nos designa como individualidad, es decir como libertad y responsabilidad en interacción ante el mundo.


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Las dimensiones de lo objetivo, esto es, de la realidad, de lo que desde afuera se nos presenta, están ya dadas en el hombre que nos antecede. Es del pasado que brotamos como erupción viva que se manifiesta para desbordar conocimiento, para desbordar aprendizaje, para suceder a lo vencido.

Esta realidad, nos sorprende desde las acciones vitales que desde nuestro interior se comunican con su cuerpo, con su velo. El umbral, casi todo se nos permite desde los umbrales, que la realidad nos hace ver en la medida de querer nosotros mismos encontrar dicha realidad, se presenta como habitación de hombres libres, como morada de mediadores entre el mundo de lo puramente establecido, y la conjugación de lo humano que el hombre, aún animal en muchos aspectos, permite.

¿Y es que el hombre debe permitirse obviar el animal que lo habita? ¿Acaso la conciencia de nuestro conocimiento nos desborda? ¿Es posible que el espíritu humano que nos cobija no desee, si es que el deseo es una de sus facultades, nuestro instinto? ¿Será que hablar de instinto en el hombre es contraproducente y en su lugar debemos hablar de intuición? ¿Intuición y razón establecen el equilibrio de la acción humana?

Las preguntas son muchas, y pocas las respuestas; aunque esto es un lugar común. El conocimiento es un lugar común, el espíritu es un lugar común, los hombres se dispersan pero después de tanto trasegar por caminos disímiles, el espíritu es el mismo, es el espíritu de la verdad. La hermenéutica atiende a la verdad. Y la atiende desde la relatividad contemporánea.

La posmodernidad es una búsqueda fragmentada de la verdad. En ella se establecen varios cambios estructurales de pensamiento, donde se activan los sentidos que representan el mundo de manera a posteriori; esto es, que el mundo es después de lo que suponemos, es un suceder, no un mero acaecer, lo que quiero decir, es que el mundo no sólo es la caída, sino la prolongación, el deslizarse en la representación sensible.

Por tanto el pensamiento que se integra a la posmodernidad, es un pensamiento que se vive, que está tras las experiencias de la verdad, tras el desarrollo del ser atomizado del hombre que se involucra con la formación de una ética y de una estética que lo relacione en su dimensión creadora y mimética.

Las puntas de lanza de la posmodernidad están dirigidas a la estructuración de un hombre nuevo que no abarca la omnipresencia del conocimiento, que ha debatido y aceptado la derrota del modernismo. Pero a su vez el posmodernismo es una vanguardia y por lo tanto es moderno, es un estado naciente, y, al mismo tiempo, es el desembocar en la activación de las formas y los sentidos que se sustantivan en el pensamiento parcelado que la historicidad permite.

El posmodernismo es la puerta de entrada y la puerta de salida a la inauguración y a la clausura del hombre. Y por esto es génesis y apocalipsis de su espíritu. La posmodernidad debe estar contagiada de la visión singular que permite la instancia creadora del sujeto, debe refugiarse en su intimidad. De esta manera, en soledad, comprenderá el hombre que es finito, que fenece, que la muerte está a su lado para caer sobre él cuando menos lo espere.

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La hermenéutica y su manera de investigar, están ligadas a la acción de los hombres que determinan de alguna manera el mundo y, por esto, lo sujetan, lo aprehenden. Pero esta aprehensión debe estar regulada y establecida por un proceso.

En primera instancia está la sensación, que es la mirada o la “observación” abierta, o lectura desprevenida de lo que acontece. Luego, y esto ocurre en el tiempo, viene la conexión del pasente, es decir, el puente entre pasado y presente, y se establece en la percepción. Antes estaban los sentidos en toda su actividad, ahora los sentidos se permiten una dosis de pensamiento. Y desde allí, viene ahora la representación, que es la mirada que el presente establece con el futuro, es decir el furente. En este momento se formula la actividad de la imagen que nos lleva a la sensación que nos alertaba y nos producía asombro del mundo. Es la actividad de lo sensorial fundamentada en lo racional, sin negar emoción, sentimiento.

En los sentidos se encuentran los imanes que rigen el mundo. A través de su acción se desvertebra el significado de lo que sensiblemente se nos presenta como realidad, como conocimiento que la razón en su soledad no abarca. Pero los sentidos no se pueden esconder del pensamiento, de la reflexión, de hecho los sentidos, o mejor, el cuerpo, piensa. Ya nos lo han dicho.

De aquí brota la experiencia estética, la acción que el hombre desarrolla para establecer un conocimiento sensible, no propiamente racional. Aunque tendríamos que entrar a definir esto. Lo racional es lo que se activa como razón, como sin-razón, como no-razón, y por tanto también como irracional. La racionalidad es abierta y lo único que sujeta es el objeto aprehendido, luego lo deja vagar por la corriente del río de los sentidos, por el mar del pensamiento.

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Hablar de río y de mar al mismo tiempo puede propiciar un entendimiento del desequilibrio. Pero hay que mirar que aunque el mar sea extenso, más vigoroso, el río es perseverante, más capaz. El río desemboca en el mar, sin el río el mar sería un desierto. El punto inicial es la roca.

En la roca se establece la mirada del sujeto que desentraña el mundo. En la roca habita la mirada del dios que abandonó el mundo luego de su pasión. Dios creador de sentido que manifestó el lenguaje como advenimiento y proporción de las cosas.

La investigación hermenéutica se conjuga en la palabra, en el sentido que muchas veces pasa de largo sin que nos demos cuenta de su presencia. La investigación es un darse cuenta, es estar alertas, es nombrar el mundo como objeto de conocimiento, de transformación.

En la estética y la mirada plural que del arte otorga, la palabra y el sentido adquieren una significación extrema y detonante. En ella la voz del creador se magnifica y su estado sensible acontece como variación constante, como inmanencia de lo representado.

La hermenéutica y la estética se unen para darle al mundo una nueva forma de acontecer. En la interpretación y en la visión abierta a la mano fecunda, los hombres interrogan a su sí mismo y lo despiertan a un nuevo suceder. A los acontecimientos que se manifiestan como intriga y enigma o como revelación y transparencia.

Pero bien, lo que nos convoca, aunque se ha designado, está por decirse. Siempre hay algo nuevo que decir, si no fuera así el mundo ya habría parado, ya no estaríamos más. Pero eso lo diré en otra ocasión.

1 comentario:

  1. Como Lector Ludi, me hacés recordar a Spinoza:
    PROPOSICIÓN XII
    "Todo cuanto acaece en el objeto de la idea que constituye el alma humana debe ser percibido por el alma humana o, lo que es lo mismo, habrá necesariamente una idea de ello en el alma. Es decir: si el objeto de la idea que constituye el alma humana es un cuerpo, nada podrá acaecer en ese cuerpo que no sea percibido por el alma" (Ética, II).
    Y a Nietzsche:
    "El cuerpo es una gran razón, una pluralidad dotada de un único sentido, una guerra y una paz, un rebaño y un pastor.
    Instrumento de tu cuerpo es también tu pequeña razón, hermano mío, a la que llamas «espíritu», un pequeño instrumento y un pequeño juguete de tu gran razón" (Así habló Zaratustra, I, De los despreciadores del cuerpo).

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