jueves, 8 de marzo de 2012

DRAGONCITO

UNO
Su vida era normal. Todas las mañanas con un latido presuroso al escuchar el despertador, abría sus ojos mirándose el rostro reflejado en el espejo de la habitación.

La pierna izquierda, ortopédica tropezaba con todos los objetos en el piso. La derecha, entumida, resistía el cuerpo que se balanceaba como columpio de tendones, de arriba hacia abajo… De arriba hacia abajo. Recogía las muletas y los pasos comenzaban a escucharse más fuertes, multiplicados; sin saber su fin. Se sentaba, después de darle tres vueltas a la cama, tomando en sus manos un pequeño espejo. Luego, de un cajón que nunca pude abrir, sacó una alcancía que semejaba un dragón en miniatura. De la cabeza salían dos cornetas.

DOS
Cuando salíamos a la playa, volvía con su pierna izquierda oxidada. Caminábamos despacito… Despacito. Pero nunca como su piel. Nos sentábamos a descansar al mismo tiempo que el sol descansaba de nuestra playa, viajando a otro lugar. Cuando quedaba un solo rayito presente, cuando las olas se enfurecían, cuando las gaviotas retornaban a las rocas y los cangrejos se nos acercaban, tomaba los brazos Saday y le ayudaba con las muletas. El último rayito quebraba nuestras sombras sobre la arena mientras regresábamos a casa. Las voces de los lugareños comenzaban a escucharse como un enjambre de avispas. Saday conservaba aún los rasgos de la juventud; su piel era suave. Yo debía poner mi cuerpo sobre los recuerdos.

TRES
Saday tenía la brillantez de las estrellas, la tersura de la pluma; la belleza de la gacela. –Maldita–. Yo era un batallón de arrugas; mi cuerpo se escondía de todo lo existente; feo y deteriorado. Mis años no pasaban en vano, en cambio los de ella parecían congelarse como frutos en invierno. Saday… Diferencias imposibles entre gemelas. Gemelas por los infiernos sexuales de una golfa como fue nuestra madre. Gemelas hasta la adolescencia. Saday, la última en salir el día del parto, envejecía con más lentitud, como en cámara lenta.

Pasaba la mano por mi rostro agrietado y envidiaba la mocedad de Saday.

CUATRO

La habitación de Saday era una completa orgía de pinturas, diplomas, cuadros, libros, discos de música rock. En las paredes, varios afiches abstractos, inentendibles. Una mujer en embarazo despertaba inquietudes en los visitantes que observaban la puerta. En una pared que antes era hueca, existía ahora un armario con dibujos de bestias y su número fatídico, anticristos, demonios, y un hombre desnudo que pintó con la sangre que alcanzó a recoger cuando le amputaron la pierna. Tres murales se apoderaban de la cuarta pared alternando con la ventana y el espejo que rodeaba la habitación.
En las noches discutíamos como si fuera necesario, la música rock, los gritos de paranoica, los inciensos que invocaban los cristales del mal, la quebrazón de vidrios; la casa era un alarido, una completa demencia enjaulada. Los vecinos que tocaban la puerta pidiendo silencio acaloraban mi carácter, y corría violentada hacia la puerta de su habitación, que permanecía cerrada aunque yo estuviera ahí parada lanzando groserías contra la maraña que adentro soltaba Saday con vapores de locura.

CINCO
Sonó el despertador, y ella se levantó presurosa, dio las tres vueltas a la cama y luego tomó el espejo. Abrió la puerta antes de sacar a “Dragoncito”. Yo, que no me atrevía a entrar, me escondí en el baúl de la ropa mientras ella absorta, recorría con las manos temblorosas todo su cuerpo. Vacilando un poco, sobaba la pierna inerte. Sus manos seguían ascendiendo, tomando sudores y vellos púbicos, luego arrastraban con el recuerdo del ombligo, de los senos, del cuello, y ahí, en su rostro, se detenían; se alejaban una distancia precisa donde los ojos pudieran observarlas sin dejar escapar ningún detalle. Ahora las empuñaba sin dejar escapar ningún recuerdo de su cuerpo, lanzándoles un aliento que brotaba cálido y tímido de su boca, introduciéndolas hasta los nudillos en las cornetas de “Dragoncito”.
…Calculado un tiempo apreciable, Saday comenzó a balbucear frases inaudibles. Mi respiración escapaba fuerte y temblorosa, pero Saday parecía en trance. Con susto de verla, como en luna llena, mi cabello dio la bienvenida a nuevas canas.
Saday, terminando su ritual se regaba en el piso y, comenzando a soltar babas blancas, amarillas, de todos los colores, como rabiosa, paralizaba su cuerpo. Una lucecita salió de los ojos de “Dragoncito”, dirigiéndose al cuerpo de Saday, electrizándolo, recorriéndolo de pies a cabeza. Luego retornaba, apagado, a su interior.

SEIS
Sin resistir el enigma que descalabraba mi curiosidad, un día caminé como mariposa hasta la habitación. La puerta, cerrada; ninguna luz se fugaba del interior. Yo acababa de subir del sótano donde planeaba mi ataque. Saday se encontraba en la playa. “Dragoncito” debería encontrarse en el cajón que nunca pude abrir. Hasta ese día…
Un resbaladizo toque giró la perilla de la puerta, dando luz al espejo que multiplicaba mi silueta oculta hasta entonces. Oculta del viento, del sol, de dios que no existió nunca. Oculta de todo. Fraudulenta, avanzaba con miedo y al mismo tiempo con placer; al fin sabría el contenido de “Dragoncito”. La cómplice de un cuerpo gemelo que emanaba rosas y lirios como en primavera. Al contrario del pergaminoso cuerpo gemelo que no produce sino repugnancia como el mío.
Un aullido creciente pareció oírse, cuando una varilla desgarró el cajón donde Saday escondía a “Dragoncito”. La textura interior era fascinante: Terciopelo, oro y diamante, rodeaban la alcancía. Y un olor a resurrección salía del fondo. Con nerviosismo tomé a “Dragoncito” y de un golpe tumbé sus cornetas. La habitación temblaba, y una fuerza oculta violentó mi cuerpo. Aunque continué dándole golpes a “Dragoncito”, sólo conseguía desfigurarla sin abrirla. Con cada golpe que daba me sentía más ahogada.
La habitación daba vueltas y ríos de sangre corrían por el piso, inundándolo. Un grito como de ultratumba se oyó en el momento en que logré reventar el vientre de “Dragoncito”. Relámpagos, aullidos, gritos alarmantes, llenaron entonces la habitación, y una luz verde invadió la cama de Saday; el tiempo regresaba a su cuerpo al momento que este aparecía como salido de la nada. Esquelético, macabro, frío.
…Los ojos de Saday quedaron abiertos como témpanos, mirando en dirección a los míos, como clamando venganza. Sus manos quedaron abiertas, llenas de telarañas. Escorpiones y ratas caminaban sobre su cuerpo, y gusanos, miles de ellos, se introducían en su rostro, como pudriéndose.
“Una vez en aquel lugar, invocaron al Demonio,
al que suplicaron les mostrase el verdadero lugar
donde sus antepasados vivieron…”.
S. A. W.


Publicado por primera vez en Trabajo de Taller de la Biblioteca Pública Piloto,
Y en el magazín de El Colombiano, Medellín, 1985.
Escrito originalmente en el pensamiento mientras iba en un bus de Envigado
En 1984.

Víctor Raúl Jaramillo

martes, 6 de marzo de 2012

BAJO EL SIGNO DE HERMES
(1998)

Víctor Raúl Jaramillo




A la eternidad que es hoy
A la familia del mundo

BAJO EL SIGNO DE HERMES

Y otros oran
como si el poema
sólo fuera una cueva
donde nunca más
podrá entrar el sol

Saday

         Comienzo como quien se asoma a la nada que a todos espera, para afilar sus días silenciosos y clavarlos en esa carne descompuesta del canto que se resiste a la muerte: costumbre o rutina que agita sus llaves cuando el tiempo se apaga, cuando las manos se pasean por el umbral de la noche. Abro las alas y observo el hecho mismo de comenzar el vuelo o de seguir el orden de un lenguaje que se pronuncia cuando caen poco a poco las cosas, en su propio eco, las cosas. Supongo el movimiento creador, la angustia trastocada en las páginas que anteceden a este libro. Hablo con la risa de los que me acompañan y los nombro y los silencio en el trazo de las máscaras que me permite la escritura. Si hablo imito la pulsación que anticipa, imanto la destrucción que se transforma en un nuevo elemento del ser que interroga, del pensamiento que a pesar del rechazo o de la caricia se somete a las últimas consecuencias.

         Hoy me asombra la palabra Universo. Hoy que es todo el tiempo que tengo, la historia cumplida, el rapto, el pacto con la espesura de los pasos desconocidos que nos permiten la limosna del hábito; repetida mirada que se aleja como la mentira que dispuesta para la caza se prepara en los bolsillos.  Hoy me asombra la palabra Universo, la visión que han dejado las guerras embrutecidas en los muñones de los soldados. Hoy me persigue la primavera que se oxida en la garganta de la infancia, hoy se enamoran mi cielo y mi infierno en la espera que simboliza la esfinge y sus enigmas; el trágico destino de los hombres que desaparecen sin dejar en su morada un sueño, una conquista que la memoria manifieste después de atravesado el mar.

         La locura crece cuando la mujer se arremolina y va y vuelve y se ríe y ofrece sus ojos tendidos de cielo, agitada combustión de fantasmas que se multiplican al azar, herencia de milenios que adivinan la hambruna de los espíritus guiados con el temor de una cruz al centro de la cripta profanada. Lenguaje deliberado que se suma desde el tumultuoso hogar de la sombra, idea y absoluto que se pierden en la estampida de las nuevas generaciones, singularidad plural que levanta su estandarte para exigir la voz y el voto y la renuncia y el cumplimento de las acciones que la palabra promueve. Ciudades cómplices de la locura, sida imperante que a muchos conmueve y a otros se presenta como camino. Suicidio del horizonte dispuesto en la conciencia mítica de las naciones, asombro, falo purificador de las filosofías.

         Hoy me adiestro en la campaña intermitente de las voces que llegan en el insulto y en el predominante designio de una vida que ha escrito poco a poco otro pensamiento abierto, espíritu libre que acusa al mundo de héroes inusitados, pagados para declinar en el momento justo, listos a dormir en el jardín secreto de las viejas doctrinas. Hoy me estremece el eco de esas palabras, me cobijan sus huesos como una montaña que se vende al mejor postor, prostitutas desdentadas que intervienen los altares con recompensas del mañana, que procuran las cárceles donde se hacinan los que interrumpieron el rito, los que desmembraron la ley y la arrojaron al crepitar de las hogueras. 

         Hoy me seduce la palabra felicidad, instante que no llega si esperamos sentados a la orilla del pesimismo. La felicidad que viaja tocando las puestas del más mínimo para llevarle al crecimiento inesperado de su fiesta. Mas también al reconocimiento de una vida atroz y sin aplausos porque su estirpe no es otra cosa que la consigna olvidada en la marcha multitudinaria de los ejércitos. La felicidad también es el cruel advenimiento de una metáfora, de una conjetura. Y sin embargo, hemos venido a aprender y a ser felices,  a aprender a ser felices, a exigir la iniciación en la felicidad para pasar al orden que nos recupera del coro dividido, cuando se abre paso la locura y todos nos quieren como trofeo para sus oficios. La felicidad que es la respuesta al movimiento sagrado de nuestros miembros, a la catapulta sensible de lo que oculta la memoria en su laberinto.

         Hoy me arrebata la expresión olvidada del conocerse en el ejercicio apasionado de la contemplación, hoy me alertan de una nueva edad donde no hay luz ni crecimiento, sino crueldad y cavernas insistentes en los corazones de los hombres. ¿Quién tiene la razón si al otro lado predican la armonía y la reconciliación? Todo depende de cada ojo luminoso, de cada lengua amortiguada en el descubrimiento de los caminos, cuerpos que despiertan al codazo de la calle matutina, paso multiplicado que se va haciendo, que va tejiendo el laberíntico engranaje de las vidas recuperadas de lo imposible. Hoy me asusta la ensordecedora mirada de los transeúntes, hoy me interrogo de nuevo, hoy que crece otra estación en el paso sigiloso de la miseria, red que asesina el pregón de los mortales. Apremian las verdades peligrosas, las que solo se salvan a sí mismas, aquellas que operan desde el equívoco, las verdades desconcertantes que evidencian la línea oculta del Universo, el arcano cotidiano que nos nombra, acaso con otra forma de revelarse ante el mundo, acaso en la batalla de las creencias que permanecen con sigilo en los monasterios de cada hombre, acaso en el continuo imperio de las caravanas.

         El secreto, la distancia que nos permite proseguir el juego, péndulo que obliga a la renovación del tiempo de los amantes cuando el vínculo se hace cadena, asfixia que eclipsa la conversación y la cópula. En silencio se acercan los cuerpos y se alimentan de sus secretos, habla de fuego que amamanta el misterio, que no agota la razón continua de los orgasmos. Yo también tengo un secreto. No sé si sea necesario determinar su estatura, es un cofre, es un obelisco, es el lienzo y la partitura, el nombre verdadero que sólo conocerá la historia que se agite en su sombra, que apunte al destello donde se recupera la voz sagrada del origen. Voy hacia adelante, pero eso no significa que deba olvidar los rostros ancestrales. Les ofrezco mi incienso para luego partir y romper y despedazarme en la obra que se pronuncia. Asciende la esperanza de los hombres vacíos, asciende el cuerpo húmedo de la bailarina, asciende la tierra muerta, la piedra rota, la imagen nueva que abre el mundo.

         Pero  dónde está el tiempo, la velocidad y la lentitud de lo existente, el momento exacto para el descubrimiento, la mirada que fractura las carrozas que se dirigen a la guerra. Allá va el tiempo, en las pesadillas, en los deseos, en la dirección de los misiles, allá va el tiempo de los adolescentes que gobiernan en el disco que avanza girando hacia atrás. El progreso en las manos del tiempo desorbitado donde la Humanidad habita su destino, su tiempo y su hambre. Ya esto ha sido dicho y de mejor manera, pero es una forma de confirmar la línea secreta que se disemina en las paredes de la locura, espacio predeterminado por los ángeles y su noche, por el aliento de la espada que de un tajo tumba nuestras cabezas.  El tiempo como fruto congestionado del árbol viviente, construcción que se pierde en sí misma para darnos el peso de la eternidad. Momento del hoy, presente continuo que encarna lo hablado y procura la voz que se enlaza con el porvenir.

         Si vamos hacia adelante no significa que todo es nuevo, muchas cosas sobrepasan nuestro paso para volver a ser vistas, para sentirse en el umbral de la puerta que nos orienta hacia la transformación. Pero estas son palabras. Cuerpo plural que sólo la red del hombre puede apresar; el camino de la sangre que para algunos no es suficiente y deja en sus almas el eco pétreo de las  plegarias. Por lo tanto, que emerja la palabra, que se agigante su condición que pocos atrapan, que signifique para fundar de nuevo el mundo, la sanación y la cosecha. Palabras hirientes, palabras carroña, palabras lepra, ¿acaso el mundo pide consuelo? ¿Acaso el ojo llora por convicción? El mundo crece en la medida en que se le nombre, nuestro mundo es el lenguaje que poseemos, la palabra es el pensamiento hecho carne, verbo que violenta los astros, arcilla bajo el aliento del principio, conciencia que surge del sueño que nos libera del agobiante crepúsculo que antecede o sobrevive a la aurora.

         La muerte como conquista del mundo que nos otorgan los años ya vividos, tiempos y espacios que se entretejen para edificar el barro donde se acompañan las almas que son una sola; otra realidad que la infancia no alcanzaba a comprender en su pensar puro, en su corporeidad afligida, en su alegre sobreponerse a los cadáveres que han dejado regados los juegos críticos sobre la tierra. Hoy me alarma la palabra que se asume para darnos la confianza de un nuevo amanecer, la muerte que llega con todos sus atavíos, con sus rostros incontables a mostrarnos que cada uno tiene su hora, que cada uno tiene su coda que atropella la visión y que se hace compañera cuando nacemos y apenas se inaugura la trampa. Caída que el mundo posible nos regala. Diálogo total que es timón del Universo; es decir, múltiple acercamiento a las diferentes maneras de acercarse a la plural palabra que crece desde los subterráneos de lo que es. Muerte o soledad o silencio, manifestación de la otra cara de la moneda, muerte que otros imponen en su arbitrario caminar, escalando hombres, agitando el centro de las casas, oficiando sacrificios que pondrán sus nombres tatuados en la ingente avidez del tropel, poder que no supera las pirámides donde descansan los antiguos, los abuelos que nadie puede determinar.

         El hombre se desgasta en su ambiciosa carrera por dominar el mundo, agota su luz y pierde la brújula que le revela los mundos posibles, la realidad transfigurada en la cabellera del ángel que crece en las fábulas y en la historia que nadie ha escrito. Hoy me acerco a la palabra creación, hoy confirmo que cada pétalo de rosa es un mundo, que cada ala de cóndor es el apasionado revés de los atributos, ala que desciende y golpea el mar, cóndor que llama al otro lado de las montañas, la cima de las religiones no supera su vuelo. La religión que no es otra cosa que la mortecina sobre la santidad del mundo, el embrutecimiento continuo del espíritu libre; mismo que conoce y continúa en su ascenso. Hoy no quiero religiones que atraviesan el corazón de los hombres con el sufrimiento totalizador, dejo atrás las iglesias que han crecido en la herida fiel de los creyentes, amantes de un más allá innecesario, de un lado o del otro. Aquí, en esta voz que se empina, está el mundo, en cada voz se emprende la justificación de las cosas. Ya el poeta nos hizo un regalo: juntos vamos, libres somos.

         Ya es sabido que si tú no eliges, otros lo harán por ti. Yo también he asistido al dilema, se me ha bifurcado el camino en el hecho de creer o no creer. También he descrito cómo la sabiduría sabe que no sabe y eso ya le da un punto de vista sobre las manifestaciones que hay en el mundo; terminamos por saber y es cuando buscamos el punto cero. La metáfora que el filósofo permitió en su doctrina. Otro lado que está fuera de mi comprensión es otro lado siniestro. El más allá está en uno mismo, agitada fiesta de las edades, encantamiento, águila y reptil que se anudan al juego a la hora de desdoblarnos en el espejo. No te acerques muy a menudo a los ojos del enigma o terminarás naufragando en sus pupilas. Hacer más llevaderos los días, cabalgar fortuitamente en la noche y sin poder dormir, escritura a oscuras, tentación de la locura, imposición, mano que conduce al cortejo de su andanza.

         Hoy he visto cómo los sexos se acoplan en láminas históricas, y pienso que el celibato no puede hablar de mi pene erecto en tu boca. Pero pienso y me pregunto porque preguntar ayuda a pensar. Un pensamiento húmedo desemboca en una palabra de agua, un pensamiento ardiente en una palabra de fuego. Hoy se me tiran las palabras desde la azotea del viento, y me cae en la mano la palabra mano y con ella el desenlace de una cultura, de cualquier cultura, mano empuñada, mano extendida, palabra que penetra en el ojo, palabra que sucede, que se estremece, que me anticipa; palabra mano, palabra hembra, palabra flujo, palabra semen; en cada hombre que nace despierta la humanidad, en el pecho del otro está nuestro propio pecho, en él late el corazón del Universo. Artesano de su propia palabra, el hombre cruza el sentido oculto que se ofrece, arranca de la jungla los acontecimientos de una literalidad confusa, de un lenguaje que sin afecciones anula la transformación y se detiene con el tiempo. Hoy dejo una huella de fantasma, acaso porque algunos ya han dicho que el hombre ha muerto. Me asomo entonces desde el otro lado del muro, susurro desde mi conciencia agusanada, practico el hedor que otras criaturas disfrutan.

         Hoy me esfumo y rompo el hielo que nos conduce. Hoy entiendo que el tigre no es mi enemigo, y esto alguien lo comprenderá. Hoy revelan mi nombre en las páginas de un evangelio apócrifo. Por ahora la aventura de los países al asalto, gangrenando el vientre de los ahorcados, dibujando el círculo en la meseta donde ocurrieron antes lo milagros. De nuevo el secreto, el eco enjaulado, la trenza donde se determina el color de unos ojos, la finura de un oído, la cojera y la adicción. Al final de la noche una falsa alarma no da prueba de nada, pero los curiosos siguen mintiendo y en sus rostros se multiplican las máscaras. ¿Cuántos terminamos siendo al final de la sinfonía? Al igual que otros también nos avergonzamos al dar explicaciones; pero a qué viene y a qué va. Todo tiene su dirección y no son sólo dos o tres los caminos, sino que con cada hombre, vivo o muerto, el camino sube o baja o se transfigura o se prefigura a sí mismo en la maraña de los caminos. ¿Y tú qué quieres mostrarme? ¿El lugar a donde vamos, de donde volvemos sin memoria? ¿Quién pisará el mundo en el momento exacto en que se rompa la cadena? Este también es un hueco en el vacío, seguirá siendo un mundo que no tiene respuesta.

         Hoy se insubordina la palabra insubordinación, desprende de su piel la ráfaga, el beso carnicero que heredó de los herejes; en su pulso se aviva la iglesia corrupta con su malicia, impone, restringe, obliga a la epidermis de los aleluyas que corean los fieles en la tumba de los orgasmos, muerte plural que nos desprende del mundo, que nos anuda a su cielo lacerado. Hoy se escucha el sarcasmo desesperado de la memoria perdida, los ejércitos marchan con sus armas como quien desenfunda el miedo y lo clava en la carne del sol, muerte que asoma con su cara de yo te quiero y nada puedes hacer. Sol que enciende el recuerdo y la novia abre sus piernas y él se toma el último trago de cerveza: trazo de la cotidianidad que renuncia a los símbolos y a las metáforas, lenguaje que brota en bruto, géiser, veta, volcán, rugido que ahuyenta al rebaño y celebra el mestizaje del mundo.

         Lo que en realidad hago es conversar con los vivos y con los muertos, pero qué es la realidad, qué es lo que se nos presenta y nos abre el corazón sin afán, sin proponérselo, así no más; qué es lo que fluye en la retina, qué es lo que a la retina golpea, qué es lo que se apacigua, qué es lo que duerme en el día y sin pretensiones nos revela que todo pensamiento asegura la bienvenida de las palabras; imagen, imagen que restituye el acuerdo, la inteligencia nadadora en el cambio de relación, en la locura incomprendida que va adelante hacia los cielos, ya lo he dicho, converso con los vivos y con los muertos, permito que se involucren en mi escritura y es posesión desnuda que se desplaza en la herida de la música, en la mentira que han edificado las monedas para que el sol naciente de las generaciones se silencie ante la puerta que les dará paso hacia el triunfo. El futuro, tiempo aproximado, tiempo de llegada, especulación, río que cava en la tierra y nos acostumbra a lo que nadie conoce.

         Pero después de todo uno termina ahogado en los otros, fuerza crepuscular,  avizoramiento que nos anima al habla, al vuelo continuado de estrella en estrella, y así como quien viola el tiempo para asegurar la razón de su espíritu, de la relación, las cosas profundas esperan la voz, el ojo, la arcilla y el viaje que se hace polvo, vacilación y desesperanza.  Nace lo que tiene movimiento, lo que se desplaza y transforma, lo que nos quita del lugar mohoso que habitamos con temor a la violenta figura de las anunciaciones; nace el tiempo violado por los pasos anónimos de la cólera, nace la detonación que desemboca en los oídos, en otro obús que se prepara para ser raíz, plantación de soles que la nación del mundo reconoce, el mundo que no puede seguir siendo una nación, el sol que son los hombres que naufragan a su imagen y semejanza en la voracidad de la lluvia. Hoy he visto como matan una paloma, como crece el muro que otros han creído destruir, como los ojos de la muchacha piden mis labios, como sus labios se esconden dulcemente tras la mano que convoca mi mano. Hablo con todos, toda existencia es recibida, los ritos de iniciación avanzan, otro libro aguarda a los que nacerán, por ahora la caminata, los cuerpos en el agua tenebrosa del océano, el abuso que será castigado a su tiempo.

         Hoy se me escapa la palabra deseo, violencia grave, feroz murmullo de dios olvidado, orquesta que se desarma en el inclemente capitaneo de los misiles. Hoy se me escapa la palabra deseo, y se acuesta en la hierba y hace maromas y se derrite y se confunde con los círculos que el poeta caminó en silencio, orquesta precisa en el kilometraje de la dama que se escapa desde el interior, anidando luego en la palabra, en el ronroneo de lo que se consigue, deseo de otro tiempo que se hace acto en el presente, tal y como ella lo confirma. Actividad esférica donde calla la voz del río, río que no funciona sin sus orillas, más que mediación, puente entre los dos lugares donde se desarrolla el mundo; el que media está entre las orillas, el puente es parte de ellas, y al final del río siempre está el principio de las orillas, cuerpo de la voz, adiestramiento catastrófico de los gobiernos y su baba. Asumo los gobiernos como carnicería corrupta que embelesa el deseo de las multitudes, son el río cáustico donde se enferma la voluntad y la moneda se destila, se domestica en su espacio y su tiempo, mas si caigo no me detengo y la iniciación evoluciona en la percusión de la sombra que han dejado los pasillos que antes atesoraban los hilos del sol que caían sobre las calaveras, insistencia de la muerte en dejar su huella, polvo sin herencia al que se unen los senos de la emperatriz.

         Hoy me han dicho que no hay fin sino suma, por lo tanto el fin es algo que crece, que se muestra como lo que continúa, como presente sostenido, el fin es una metáfora y todo se acumula y se transforma en la visión de las generaciones que llegan después de su campanazo, eco que descubre el mudo lamento, el blanco elixir de los decapitados. Hoy se asienta en mi mano el ojo que deja el fin y se preocupa por la certeza de lo que se prolonga, ojo que advierte las líneas pétreas de mi mano, ojo que se lanza en órbitas oblicuas al acecho de las líneas concéntricas de la canción que se escucha al otro lado de la noche, ángel de vuelo abierto que apetecen los desiertos donde hay puertas para los hombres y para sus sombras. Pródigo canto gutural que se enamora de lo que ocurre y se alimenta de su estallido, espejo, pogo demencial pagano de crestas de cascadas de ceniza que atraviesan la distancia y nos contagia.

         Hoy voy y vuelvo, cubro las pisadas de otros días, me quedo sólo después del abrazo, se erige como un oasis diurno y nocturno, no hace lugar, pasa de largo y se queda sin paisaje. Hoy voy y vuelvo desde donde la ciudad se ofrece mientras ella me dice que no me sabe, que se tiene un poco de confianza, pero que me ignora en gran parte de la piel, del alma, la que nos avisa cuando hemos dejado de visitar a los amigos y vamos y volvemos, solos, después del abrazo de la noche, en una jaula, llamándola en todos los ojos de las mujeres, asistiendo a su partida sin siquiera encontrar su rostro; así no más, como el asesino que limpia su puñal en lo más hondo de la espesura y al fondo el miedo, la crisálida que tiembla, el cachorro con hambre, la desorbitada canción que aprendimos después del gesto contundente al iniciar la caza. La guerra, el miedo a la guillotina, a terminar la carrera con el plomazo en el pecho, sin piernas después de la explosión, la guerra, la derrota, el amor que se nos va mientras vamos y volvemos sobre los pasos de la noche.

         Hoy me encuentro con la palabra música, enhebro el cáliz de la sangre con sus notas, accedo a la estación patibularia donde los sonidos recrean la llegada del nunca visitado paraíso. Hoy se encabrita la música en mi memoria y entro con un látigo a decretar los besos que pronto le robaré a la muchacha. Encanto de siglos durmiendo el sueño eterno, la música tampoco abona la interpretación de lo que somos, sino que advierte en nosotros lo que podría ser error si su mano no acariciara nuestros oídos. Me dices que te nombro, que ya lo habías dicho, pues bien, así sucede en el acto de la escritura, la música nueva también viene desde el tiempo de la infancia. Lo que otros no han escuchado ya es un hecho insistente en nuestros corazones. Creación, música de arcanos ancestrales, de melena aberrante que después de todo se sienta y se acomoda al devenir como canción a la que pocos se atreven. Presencia altiva y justiciera, música que encierra en las cabezas, que desabrocha en el poema, reunión, comunión, fuga. Agitada ganzúa que los gatos esconden tras su sombra, eléctrico maullido, relampagueante escala de ensordecedora fábula, concierto anónimo, sinfonía para un solo ejecutante.

         La música no interpreta lo que somos, nosotros nos damos a la tarea de acrecentar su herida, su voz atenazada en los disturbios de la medianoche, cima, corriente desprovista del coro que otros anhelan para sobrevivir a su errancia. Vuelo sin iniciación, caída segura. La música que es el final del acto, eco que inunda las estaciones del vacío, donde toda ausencia se alarga y vibra de alcohol de fruta roja o de hierba roja o de carne jadeante al fondo de los pasillos. ¿Qué es lo que intento decir? Nada, muchas veces no quiero decir nada y por lo tanto lo digo, y hablo al despuntar el habla y pasados dos o tres días no he callado aún, no he dejado que mi música se vaya a otra parte. Lugar común, me dices, y aciertas, pero no te dejas ver después de la escritura, no te paseas por los escenarios si la música no dice nada, mas pretende cantar lo que nadie pudo cantar porque, al final del grito, la canción del guerrero dejará su rastro en los oídos de los hombres.

 

 

 

MATERIA PRIMA


En el canto plural
de las palabras
se alimentan
los pájaros del sentido,
y en cada poema que cruza,
el mundo se revela por primera vez.
La poesía es de todos
pero no para todos,
y el mar se ahoga en los atardeceres
como el cuerpo
de una visión sin respuesta.

Creo que nunca terminaremos;
quizá no hayamos comenzado aún.
Algunos vinieron a volar,
otros se arrastran desde el principio.
Yo observo,
y mi libertad es el lenguaje.
Su imán va tras el significado de nuestro juego
y sólo el hombre tiende la red
donde se pescan las palabras.
El juego consiste en ser jugado,
su significado depende de la experiencia
del tiempo
que todo lo completa.
La poesía desgarra en su sangre
el estado natural de las cosas;
la poesía es el mayor juego,
en sus aguas caminan
aquellos que han vislumbrado al  creador.

De la mano del lenguaje
vamos construyendo el destino
que es aquel tesoro
que cada uno se merece.

El mundo no está fuera de nosotros;
pero hay algo que me dice
que no puede estar
definitivamente por dentro.
La conciencia del mundo
 se establece en el ritmo original
después de ser encontrado
en la madeja del pensamiento.
Y es el lenguaje
el que dispone su orden.

Este poema no es una teoría,
es una observación,
ya lo he dicho.
Es una relación que llegará,
todavía no es,
y sin embargo está presente.
Muchas contradicciones cruzan la historia,
en su intención
se establece la continuidad y la ruptura,
quien comprende obtiene el entusiasmo,
quien se entusiasma no alcanza a comprender.
Concepto y palabra van de un lado a otro
como las voces que cambian
para decir lo mismo.

Alguien se retira,
pero su silencio
queda en buenas manos.
Está bien que vuelva otro día,
siempre estamos volviendo.
Es como el poeta
que no tiene descanso.


 

EL ARCO Y LA LIRA


Necesitamos salir
para fundar el mundo;
surgir en la poesía
para reconquistar el origen.

Se desgarra nuestra voz
cuando insistimos
en darle al delirio su forma,
cuando la historia
palpita en nuestras manos,
en las pupilas de quien escribió
que el hombre es pluralidad y diálogo.
También lo sabemos:
nuestra voz es muchas voces
y nuestras voces
son una sola voz.

Se abre el sol en su tamaño
incendiando su talismán
que cambia el sentido de las cosas
y un idioma sagrado
que sigue oculto
nos invita a ser lo que somos;
como el lenguaje
que a pesar de su secreto
describe el tiempo
y atraviesa la semejanza,
la dirección múltiple,
el juego de los senderos
que despiertan a un nuevo laberinto.

Algo sucede detrás de las puertas
donde ya nadie habita,
una lanza se aproxima
con el pensamiento
cuando cae la tarde
y todo se ajusta a su regreso.
Habrá otro silencio;
pero también quienes guarden
las palabras exactas
para exorcizar el miedo.

Nada queda...
ni el poema.
Me marcho,
me dirijo hacia mí mismo.
Hay que empezar de nuevo.




POÉTICA


Hay cosas
a las que no hay necesidad
de pensarlas
para saber de que se tratan.
Muchas veces
la poesía se exime del pensamiento,
no precisa entender,
mas igual debe acercar a lo que es.

La poesía
es de quien la ha comprendido,
de quien pone en sus manos
el latido extraviado de su propia vida.
Nosotros necesitamos pensar el mundo
y aun vivirlo,
asignarle el sueño y la reconciliación;
mas quien haya en el poema
su secreta necesidad de infinito,
no podrá jamás
seguir los días sin su belleza:
la palabra,
esa tempestad donde se agita
toda mentira y toda verdad.

Acaso se trate de la esperanza,
del cuerpo gramatical
dictado por la Naturaleza
que desde siempre nos confirma.

Volvemos una y otra vez
sobre la escritura sencilla de las cosas,
sobre el pulso de un mundo
que afina su voz en estaciones silenciosas:
leemos siempre el mismo árbol
releemos sus frutos y sus flores,
caminamos expectantes hasta que el tiempo
nos alimenta con otro horizonte
y cuando creemos que aquello
ya ha sido visto,
algo nos dice con sigilo
que siempre es una primera vez.

Algunas cosas
son todas la misma cosa,
una sola cosa
que ejercita en nosotros
la intimidad del diálogo creador,
entonces
si alcanzamos a descubrir
aquel centro que nos contiene
cuando coincidimos en el instante,
la eternidad nos visitará,
de igual forma llega la verdadera poesía
la única.

Y con la palabra mar
nos obliga a la sed y al naufragio
y con la palabra olvido
nos asegura el retorno,
el aprendizaje y el asombro.
La poesía va de pies y va de cabeza,
el que atina a descifrarla
nada pierde y tampoco gana,
pero nunca estará solo,
y al mismo tiempo
será su manera de estarlo.