sábado, 31 de julio de 2010

UN POEMA

VIVIR ES UN PERPETUO IRSE

Estos días sucedieron,
y es posible que se vuelvan a ejercer.
Han quedado en el sitio justo,
al borde de una mano.

Ayer,
como decir
hace treintaysiete siglos,
el hombre vestía su primera piel,
gruñía al filo del abismo,
vientre,
gruta.

Vacío que aún interroga
la enigmática cópula de la piedra y la pasión.

Ayer caí en una boca
y evidencié un paraíso perdido,
un infierno adocenado de costumbre
que no permitía la claridad.

Cielo al revés,
envés,
tejido de la muerte
donde dejamos el otro hombre que fuimos;
camino concluido
que los demás tapizarán con alas de colibrí.

Flor que no habitaremos
y recordará nuestra música.

Seremos un fantasma,
y un fantasma
es un orgasmo donde ya no estamos.

Hablo de mí mismo,
pero te nombro:
yo como tú,
él en ella,
nosotros con ellos,
vosotros que aspiráis a la danza de la noche.

Tumba,
desconcierto del que vuelve
porque lo traen del lugar incierto
a responder por sus deudas.

Quizá no hemos dado lo suficiente.

Es probable que el mundo
deprede de nosotros
porque no damos lo que se espera.

Cuando digo mundo,
es tu espejo,
tu madre,
tu padre,
tu amante,
tu hijo.

Aquellos múltiples mundos
que aún no te nombran
porque has decidido el viaje subterráneo.

¿Hablo de ti?
¿Quién eres?

Canta conmigo para conocerte.

Coronado o no
de oro o de espinas,
sigo la trama que te nombra.

Hoy,
que es como decir:
otra ciudad,
el océano,
un nuevo y erguido dios,
los pájaros han cantado en mi ventana;
cantan porque los escucho,
no porque canten.

Hablo como Pessoa
que poetizaba sobre los seres
que cantan la gloria de Dios,
que ellos no eran cantores sino seres
y, por tanto, sólo existían.

Recuerdo también un fragmento de Blake
donde el tonto
no ve el mismo árbol que el sabio;
sin embargo,
todos podemos ver un árbol
en la medida de su presencia.

Si estamos presentes, claro.

Octavio Paz nos acerca aún más al fenómeno:
el árbol que está ahí,
en su mudo estar,
en su estar-ahí-en-el-mundo,
es diferente al árbol que vemos;
mucho más al árbol que nombramos.
Y si te nombro, ¿dónde estás?

Sólo sé que me habitas,
pero eres otra presencia
cuya revelación ha sido mediada,
oculta.

Hoy, ayer, mañana,
todo es,
todo está dispuesto,
mas nunca
como si nada nuevo existiera bajo el sol.

No obstante,
nada brota,
no surge nada.
Quizá porque no he dado lo suficiente,
tal vez no lo que se esperaba.

Pero soy un rey sin reino,
por supuesto.
Coronado o no
de oro o de espinas
o algas donde han dormido las sirenas
que no me niego a escuchar.

Mas el mástil y la soga…

¿Quién ha olvidado atarme?

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